El criterio es sencillo: si la actividad existe solo porque hay turistas dispuestos a pagarla, no la ofrecemos. Los talleres a los que llevamos a nuestros clientes son negocios familiares que funcionarían igual sin nosotros, y las aldeas que visitamos no montan nada para la ocasión. Eso limita el catálogo, y nos parece bien.
El horario importa tanto como el contenido. Amber a las ocho de la mañana y Amber a las once son dos visitas distintas. El Taj al amanecer y el Taj a mediodía también. Buena parte de nuestro trabajo consiste en encajar esas horas dentro de un itinerario que además tiene que cubrir distancias por carretera.
Sobre la cantidad, menos es más. Entre cuatro y seis experiencias en dos semanas funciona bien; a partir de ahí el viaje se convierte en una agenda y desaparece el tiempo sin plan, que suele ser el que la gente recuerda mejor. Solemos proponer una experiencia fuerte por ciudad y dejar días abiertos.
El precio se cotiza aparte del itinerario base porque intervienen terceros: un anfitrión, un cocinero, un permiso de safari, una entrada especial. Te pasamos el importe de cada una por escrito y decides sin compromiso antes de confirmar el viaje.
También hay experiencias que preferimos no vender. Los espectáculos de danza en hoteles grandes, los paseos donde el animal trabaja en exceso y las visitas a barrios humildes planteadas como atracción quedan fuera de nuestra oferta. Si te interesa alguna de ellas, te lo diremos con franqueza.
Cuando una actividad depende del clima o de un permiso oficial, lo indicamos desde la propuesta. Preferimos avisar de que un avistamiento no se puede garantizar antes que vender expectativas que no controlamos.